Mujer, ahí tienes a tu Hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre

Las siete palabras que Jesús pronunció desde a Cruz, con la dificultad y el esfuerzo que tuvo que costarle, son entrañables y sorprendentes. Perdonar y disculpar a quienes le crucificaban, prometer admitir en su Reino, a pesar de la situación en que se encontraba, al ladrón arrepentido, proclamando así su oculta realeza, pedir ayuda a su Padre, en el paroxismo del dolor y del abandono, reconociéndolo como su Dios…

Pero quizás, la que más nos atrae a los cristianos es esta: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre”. Esta frase tiene un doble significado, por una parte piensa en la soledad y el desamparo de su Madre, ya viuda, cuando Él ya no esté físicamente, y por eso busca a alguien que la cuide, Juan, el joven y entrañable discípulo, y por otra piensa en el desamparo en que nos quedaríamos nosotros sin una madre.

La madre es la que nos espera en la casa desde que volvíamos del colegio, del trabajo, del paseo…, hasta que volvemos a presentarle a su primer nieto. Es la que siempre nos ha esperado con la mesa puesta, la ropa limpia, la caricia, el beso, el consuelo deseado, el consejo oportuno, la que se desvive por nosotros cuando hemos estado enfermos… En fin, esa figura insustituible en nuestras vidas y a la que recordamos y añoramos todos los días, aunque haga años que la perdimos.

Y en eso sin duda pensó Jesús y nos la donó en aquel momento supremo. Quiso que de todo aquello que Él disfrutó, también lo disfrutemos nosotros. Ya no le quedaba nada, salvo Ella, y también supo desprenderse de Ella en favor nuestro.

La presencia de María junto a la Cruz de su Hijo es un tanto sorprendente, las mujeres no eran admitidas a presenciar aquella clase de espectáculos, pero quizás hubo algún soldado romano, con un poco de compasión, que la dejó estar, pensando que una madre permanece siempre junto al hijo que muere. Los discípulos huyen, son amigos, pera Ella es Madre.

Jesús no la llama Madre, sino Mujer, es la otra mujer contrapuesta a Eva, que también estuvo junto a un árbol pero para perdición del género humano. Y por aquellas palabras de Jesús, María se convierte en Madre nuestra, Madre de la Iglesia, Auxilio de los cristianos, María es la caricia consoladora que Dios nos ha dejado. La imagen de nuestra Madre, la Virgen de las Angustias, está completando lo que Jesús nos dio en la Cruz. Él nos dio a su Madre y Ella nos está ofreciendo a su Hijo.

En medio de su indecible dolor, también piensa en nuestras necesidades, que son muchas, y nos ofrece a su Hijo. Nos está diciendo que Él fue quien nos salvó. Nos lo presenta muerto para que sepamos y no olvidemos a qué precio fuimos salvados. No lo abraza contra su pecho, lo sostiene sobre sus rodillas para decirnos que no solo es suyo, es también nuestro, y con sus manos abiertas consuma su entrega. En su cara angustiada y dolorida hay dos clases de dolor, el que siente por su Hijo muerto, inmenso, incalculable, aquella espada de dolor que le predijo el anciano Simeón, y el que siente por nosotros, por nuestra ingratitud, porque sabe que muchos ni la comprenderemos a Ella, ni sabremos apreciar y agradecer el sacrificio de su Hijo.

No olvidemos nunca que las palabras de Jesús en la Cruz se cumplen. Ella desde ese triste y dramático momento es la Madre que nos ama, nos protege, nos alivia nuestros dolores, cura nuestras heridas con sus delicadas manos, nos comprende, nos escucha, nos espera siempre para abrazarnos, consolarnos y remediar nuestras necesidades. La Virgen de las Angustias es el amparo de todos los granadinos, a la que amamos y la que nos ama como a hijos predilectos. Por eso pasamos a verla a diario, a contarle nuestras penas, para que las remedie, o nuestras alegrías para darle las gracias por ellas y que se alegre con nosotros.

Por eso, podemos asegurar que cumplió fielmente el deseo de su Hijo, porque es, ha sido y será siempre la Madre que Él nos dio en ese momento supremo de su muerte. Nos ha acogido eternamente como la Madre que necesitábamos para completar nuestra familia. Dios nuestro Padre y Ella nuestra Madre es la familia que nos ama, nos acoge y nos ayuda en esta vida y nos encamina a la Vida Eterna, donde gozaremos de sus presencias cara a cara y donde disfrutaremos de una felicidad sin fin.

Carmen Muñoz Caraballo

 

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