San José en la Basílica

A partir de hoy y hasta el próximo día 20 la Sagrada imagen de San José se encuentra en un altar levantado en el presbiterio de la Basílica  con motivo del “Año Santo de San José” proclamado por su santidad el Papa Francisco.

 

Figura indispensable en la protección y crecimiento de Jesús –“Custodio del Redentor” lo llamó San Juan Pablo II–, el Patriarca San José pasó desapercibido en los primeros siglos del cristianismo. Su veneración, como señala Elías Alcalde, debió comenzar en las iglesias orientales a partir del siglo IV y hasta el siglo XII se le consideró más por su faceta laboral (como patrono de los carpinteros) que por su papel en la historia de la salvación. Esta vía se acentuó con la revalorización de la humanidad de Cristo en el siglo XIII, muy ligada al carisma de San Francisco de Asís, en concreto en el marco doméstico del hogar.

Cooperador necesario para la misión de Cristo, su figura quedaba aún en un segundo plano en una Iglesia que solía primar la memoria de los mártires, aunque en los siglos siguientes creció su devoción, gracias a la atención que le prestaron y a la intercesión que de él demandaban grandes figuras del ascetismo y de la mística, en especial Santa Teresa de Jesús, que puso bajo el amparo de San José la reforma de la orden carmelitana. Ya por entonces se le conmemoraba el 19 de marzo, festividad introducida por Sixto IV a finales del siglo XV y establecida como de precepto universal por Gregorio XV en 1621. Los Reyes Católicos y fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, fueron muy devotos de San José. De hecho, una de las primeras parroquias de la ciudad lleva su nombre, algo nada frecuente en época tan temprana.

En el arte barroco español la representación escultórica de San José se hizo muy popular desde finales del siglo XVII. Desde entonces su imagen no solía faltar en las parroquias y conventos de Granada, por la veneración que se le tributaba a este modelo para la vida familiar y para la vida contemplativa. También florecieron las congregaciones y cofradías en su honor; desde 1870 ostenta el título de “Patrono de la Iglesia Universal” y desde 1955 se celebra la fiesta de “San José Obrero” (1 de mayo).

Es costumbre representar a San José con el Niño Jesús de la mano y sobre todo en sus brazos, en actitud paternal y protectora, con gestos del Niño, como agarrarse a la túnica del santo, que expresan la búsqueda de seguridad. Tal es el caso del San José venerado en la Basílica Parroquial de Nuestra Señora de las Angustias de Granada, obra de amplios ropajes, del pleno barroco, cuya datación ha concretado entre diciembre de 1744 y febrero de 1745 el historiador del Arte Isaac Palomino. Es un imagen de tamaño natural (1,90 cm. de altura) que cuenta, por tanto, con una antigüedad de poco más de 275 años.

La atribución tradicional al imaginero granadino José Agustín de Vera Moreno, autor de un buen número de imágenes de San José, se encuentra confirmada hoy por documentos del Archivo de la Abadía del Sacromonte, que cifran su coste en 712 reales de vellón, por encargo del beneficiado de la Parroquia de las Angustias, D. Gregorio Eugenio de Espínola. Vera Moreno acondicionó la capilla, por lo que es muy probable que la imagen de San José ocupara desde su origen el lugar privilegiado que tiene en el retablo del crucero, tratándose a la vez de una imagen concebida para ser procesionada.

Frutos, por tanto, de la piedad popular, San José, en el lado de la Epístola, y Jesús Nazareno, en el del Evangelio, enmarcan el altar mayor cuyo retablo preside la Virgen de las Angustias, signo de la exaltación de María como esposa y madre, en correspondencia con la disposición temática del Camarín, que ostenta en su centro a la Patrona de Granada flanqueada por pinturas de la infancia de Jesús en el lado de la Epístola (antecamarín) y de su pasión y muerte en el lado del Evangelio (poscamarín).

La devoción a San José se ha ido fraguando lentamente desde el silencio y la meditación, que equivalen al “Fiat” que dio la Virgen María, en el cumplimiento de la voluntad del Padre que le fue revelada en sueños hasta en cuatro ocasiones, según los Evangelios.

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