Soltar las riendas

“¿Cuál fue tu último abrazo, tu último beso, fuera de casa? ¿Lo recuerdas?”. Era la pregunta que ponía sobre la mesa mi compañero de IDEAL José Enrique Cabrero en su cuenta de Facebook, en relación al último día en libertad antes del obligado confinamiento.

“Mi último adiós y beso al aire fue a la Virgen de las Angustias. Fui expresamente a la Basílica a despedirme por un tiempo de Ella antes de encerrarme en casa”, le respondí corriendo. Lo tenía clarísimo.

Aquel sábado 14 de marzo no quería meterme en casa durante dos semanas sin ver a la Madre una vez más. Me resistía a pensar que dejaría de poner un pie en la iglesia durante muchos días y me privaría de sentir esa presencia, que tanta paz y amor me ha transmitido siempre.

Las dos semanas del estado de alarma se convirtieron finalmente en siete hasta que el 3 de mayo, Día de la Cruz, decidí darme un paseo y cumplir mi promesa de que el primer beso, fuera de casa y en plena desescalada, sería para Ella.

Sin embargo, una nueva pregunta me rondaba cuando ponía ya un pie en la Carrera. ¿Aquel nuevo beso al aire y quien lo lanzaba eran iguales a los del 14 de marzo, que tan lejano me parecía ya en el tiempo? Reflexionaba así cuando, llorosa, me plantaba ya ante la cancela de la Basílica y me deleitaba nuevamente con la contemplación de nuestra Madre, tantos días soñada y esperada. Demasiadas cosas se me agolpaban en la cabeza y en el corazón, sin orden y sin descanso.

Y la respuesta, esta vez, también volvía a ser muy clara. Ni era el mismo beso ni yo era la misma persona.

Una contractura en el hombro, que arrastraba desde hacía días, había sido el último aviso de que los sentimientos y la tensión acumulados ya se desbordaban y de que era un esfuerzo inútil haber intentado mantener todo bajo control cuando la gran enseñanza era que la vida, los planes, los afectos y las seguridades de tantos seres humanos habían peligrado de un día para otro, se habían tambaleado con fuerza o se habían perdido para siempre. Lo bueno y lo malo se magnifica siempre entre cuatro paredes y tocaba ahora echarse todo eso a la espalda y emprender de nuevo el camino de vuelta a mi otra casa, la de las Angustias.

“La distancia puede evitar un beso, un abrazo, pero jamás un sentimiento”. Había leído recientemente. Y ahora eran muchas las emociones que salían de mi interior y ponía a los pies de la Virgen en lugar de esas flores de mayo que era incapaz de llevarle en esta ocasión como agradecimiento y muestra de lo mucho que la quiero.

Hace años mi amiga Lola Enríquez, ganadera de caballos de pura raza española, me enseñó algo muy valioso para mi vida. Cuando un jinete no sabe resolver siempre suelta las riendas, deja que su caballo decida por él y le guie ante una dificultad porque el caballo siempre escogerá el mejor camino, aquel que le saque del peligro.

Y aquella tarde del 3 de mayo yo opté por hacer lo mismo. Poner en las benditas manos de la Virgen todo lo que llevaba dentro y decirle que le dejaba a Ella las riendas de mi vida porque, como mediadora de su Hijo, es la única que la dirige, quien toma la iniciativa y quien decide mi destino.

Por mi parte, seguiré caminando y confiando, como me aconseja siempre mi querido Don Francisco Molina, sin riendas, sin esa pesada mochila, a la vera de la Virgen y agarrada bien fuerte de su Mano. Es el ofrecimiento humilde y el regalo más bonito que yo podía llevarle este año a María como flor, en su mes de mayo y por el Día de la Madre.

 María Dolores Martínez Baca

 

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