Una vivencia en mí inicio del ministerio

Hace unos días, un hermano de Nuestra Señora de las Angustias me pidió que si podía contar algo de las vivencias de estos días para poder publicarlas en este medio, con el fin de dar un paréntesis a la monotonía que nos invade en estos momentos. Por eso pensé que lo mejor era describiros, con sencillez, cómo estoy viviendo estos primeros pasos de mi ministerio en estas circunstancias difíciles, por las que estamos pasando, y hablar de cómo me está ayudando el Señor a disfrutar de estos momentos.

Mirad, yo estoy viviendo mis primeros pasos sacerdotales en la localidad costera de Almuñécar acompañado por la valiosa cercanía de mis compañeros sacerdotes y de mis abuelos, que están conmigo aquí. Su apoyo ha sido muy importante en todo este tiempo, pero mucho más cuando, debido a la pandemia, vivimos en la tranquilidad y en la comunión de estos días.

Cuando empezó dicho encierro pensé que mi ministerio había quedado cortado, que a partir de ahora era como vivir una vida sacerdotal de mínimos, pues la tarea catequética, las grandes asambleas eucarísticas y la atención a los fieles se quedaba muy acotada, y que por lo tanto no podría hacer nada. El estudio se convertiría, según mis pensamientos de aquel entonces, en mi única actividad de provecho como una reducción profana de mi oficio sacerdotal al mero simbolismo ¡Cuán equivocado estaba! Pues el Señor me ha dado una lección grande en este tiempo.

Pasamos estos días de forma tranquila y sosegada dándonos compañía y aliento unos a otros, mientras yo por los medios que disponía iba intentando dar consuelo a aquella porción del Pueblo de Dios que el Señor me había confiado. Estudio por las mañanas, alguna llamada o atención pastoral por la tarde, la oración, la Santa Misa ofrecida por todos, especialmente por los que más mal lo están pasando, mi charlas sosegadas con mis conocidos y familiares… También con unos primeros oficios de Triduo Pascual muy singulares, vividos tan privadamente que jamás los olvidaré, por su singularidad y noble sencillez. Todo transcurría muy rutinario, pero con una vana sensación de hacer bien poco, en comparación con todo lo que se podría hacer.

Uno de estos días, mientras rezaba el Santo Rosario a la Santísima Virgen con mis abuelos, me vino una tentación grande de pensar en la inutilidad de mi labor sacerdotal, totalmente cegada por las circunstancias y por la incapacidad de distribuir aquellos sacramentos que el Señor me había confiado en mi ministerio. ¿Cómo un chico de 25 años con dos abuelos, encerrado en una casa, podría hacer algo significativo para este mundo que sufre y clama desde su más profunda matriz? Al punto me vino a la mente, en los Misterio Dolorosos que contemplábamos, aquel poema de S. Juan de la Cruz, Un pastorcico, sobre todo aquel inicio que decía así:

“Un pastorcico, solo, está penado,
ajeno de placer y de contento,
 y en su pastora puesto el pensamiento,
y el pecho del amor muy lastimado”.

Con aquella cantinela inicié la Santa Misa, y en el momento de la consagración caí en la cuenta de algo que estos días pasaba yo totalmente desapercibido. Y es que el activismo y el utilitarismo de nuestra sociedad y de nuestros ambientes nos tienen totalmente cegados. Nos creemos que todo depende de lo que nosotros hacemos. Le queremos demostrar a Dios que somos capaces de hacer sin su ayuda, ni la de nadie, muchos y muy grandes proyectos pastorales. Queremos dejar patente, cuan útiles y necesarios somos para el mundo, nuestro país y para la Iglesia. Todo esto es una gran mentira.

 Cuando levanté la forma, me acordé de inmediato de la presencia del Calvario en ese momento; de cómo el Señor estaba allí, en ese momento de mayor fracaso. Nuestro Salvador, estaba desnudo y crucificado muriendo en la Cruz. Y ¿qué pensaba en aquel momento? ¿En lo ineficaz de su acción? ¿De su fracaso personal? ¡Para nada!, Él como buen pastorcico, se apenaba por su pastora, por su Iglesia, por la Humanidad, que sufría por las consecuencias del pecado. Y moría de amor. En ese momento me di cuanta que lo mejor que yo podía hacer en este momento era sencillamente unirme a los sufrimientos de los fieles a mí encomendados, y de todos los hombres. Porque cuando uno ama a alguien, lo que le apena no es lo poco que puede hacer por esa persona, sino cuánto sufre ella. Y como en una especie de solidaridad cardiaca, llora el sufrimiento.

Fue este episodio, sencillo y a la vez maravilloso, el que me ha hecho pensar que el mayor bien que podemos hacer todos los cristianos, y especialmente los sacerdotes, es incrementar el amor, al modo de Nuestro Señor, ofreciendo las limitaciones, contradicciones y dolores propios por los de aquellos que ansiamos complacer en el Señor. Aquí vendría muy al caso ese viejo dicho eclesial, de que: Si no puedes llevar o hablar a alguien de Dios, háblale y llévale a Dios a ese alguien.

Todos podemos imitar a Nuestro Señor Jesucristo, en la cruz dando vida en medio de oscuridades, como bien sabemos por esta Pascua que hemos celebrado. En nuestra mano está decidir si queremos dar al Señor o dar la pobreza de nuestro ego. En este sentido, me doy cuenta que debemos de aprender mucho de María, Nuestra Señora de las Angustias, que como todos sabéis nos da en su purísimo regazo un fruto que puede parecernos muerto o poco atrayente, pero que sin embargo es el más Magno Fruto que se nos podría dar. A veces la vida no se cuenta tanto por lo que podemos o no podemos hacer, sino por el amor divino que podemos recibir e irradiar a los demás, y eso es lo que le da un auténtico valor a la vida y a lo que cotidianamente hacemos. Mi gran descubrimiento es percibir que mis abuelos no hacen grandes gestos publicitarios o de márquetin, sin embargo sus sencillos gestos de cariño son más preciados que el diamante, pues nacen de querer ofrecer sus muertes para que yo tenga vida.

¿Porqué no hacer yo lo mismo? ¿Porqué no disfrutar del don de la cotidianeidad para poder extraer de él el máximo amor divino, para mi beneficio y el de los demás? No quiero ya perder el tiempo en disertaciones vanas, sino en poder aumentar mi deseo con el fin de entregarme, al modo de Nuestro Señor, desde mi confinamiento a favor de los que he sido enviado.

Espero que estas sencillas y torpes palabras os sirvan de refrigerio en este Desierto por el que pasamos.

¡Feliz Pascua! Y ¡Hermanos! ¡Viva la Virgen de las Angustias!

Rubén Ávila Arenas

Sacerdote Diocesano de Granada, Vicario Parroquial de la Parroquia de “La Encarnación” de Almuñécar y Hermano Horquillero de la Muy Antigua, Pontificia, Real e Ilustre Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de las Angustias, Patrona de Granada y su Archidiócesis

 

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